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DWMX

Kaiser Sosa ::::::::::::

Kaiser Sosa ::::::::::::

Director de arte, armado hasta los dientes con un muy buen portafolio, desde mi punto de vista de los mejores que he visto en latinoamérica

http://www.kaisersosa.com.ar/

Sith sense :::

Sith sense :::

Darth Vader utiliza el lado oscuro de la fuerza para leer tu mente...

Esta aplicación esta soportada por una robusta base de datos (si ya se que la star wars manía ya pasó )

http://www.sithsense.com/

 

Go viliv :::::::::

Go viliv :::::::::

Multimedia  y música, reunidos en una ¿aparato revolucionador?, ok... ya no tan revolucionador, pero creo que es buena opción al omnipresente Ipod.

http://www.goviliv.com/

Nike 10 ::::::::::::::::::::

Nike 10 ::::::::::::::::::::

Si, ya sé que este sitio no es tan reciente, y se también que varios de ustedes ya lo han de haber visto. pero hay que reconocer que la colaboración entre, a mi parecer el mejor despacho de diseño web mexicano Grupo W y los no menos creativos de Golpe avisa lograron con este sitio, incluso ha llevado a que en algunos directorios de creatividad en web los tienen nominados para sitio del año.

Felicitaciones al Buen Diseño Web mexicano

http://www.grupow.com/nike10

 

Terry poison ::::::::::::

Terry poison ::::::::::::

Desde Tel Aviv y Oslo estas chicas tienen actitud. y un sitio con un layout muy compuesto pero agradable.

la música es un bonus que vale la pena escuchar.

http://terrypoison.com/

fab-ric.com : Fabrizio Ricupito : designer : milano, italy

fab-ric.com : Fabrizio Ricupito : designer : milano, italy

Así o mas cabrón.

visual al 100 por ciento.

http://www.fab-ric.com/

Una noche en Nueva York

Una noche en Nueva York

Texto: by chiq 

Las luces calladas, las calles vacías, el frío, la noche. Salí del hotel un poco tarde, envuelto en varias chamarras, con guantes y un gorro para el frío. Mi calle era la 55, casi esquina con Broadway. Me despedí del recepcionista. Afuera del hotel había algunos andamios: estaban arreglando la fachada de los edificios contiguos. No le tomé importancia y caminé en el frío. De vez en cuando metía mis manos en los bolsillos. Otras veces las sacaba para cubrirme la cara con la chamarra. Las ráfagas de aire congelado se repetían muy seguido. Pisé todos los charcos que encontré a mi paso. Cuatro ideas me vinieron a la mente. Las dejé en paz. Los altos edificios casi no me dejaban ver el cielo. Pero no necesitaba verlo, estaba seguro de que seguía sobre mí.

       En las calles, las alcantarillas echaban vapor, los taxis corrían y cobraban caro. Había poca gente caminando a esa hora de la noche. Llegué a la calle 57. Crucé la acera para ir a la tiendita de enfrente. Las flores todavía lucían frescas. Había muchas, muchas, más de las que estaba acostumbrado a ver. Entré a la tienda, compré una Coca y unos Camel. Al salir, encendí un cigarro —tuve que quitarme uno de los guantes— y caminé hacia Times Square. Me quedé viendo por un momento todos los anuncios, los automóviles y la poca gente, los perdidos que habían salido del teatro y aún no decidían a dónde ir. Por un momento me imaginé como ellos: perdido. No lo estaba. Estaba en Nueva York.
      
       Llegué a la esquina de la calle 58. La 58 y Broadway. En el semáforo se detuvo una camioneta verde. Iba llena de sirenas. Conté siete. Traían las ventanillas abajo, y al verme todas soltaron una gran carcajada. Sonrieron. Se rieron. Ahí estaba yo, congelándome y fumando, perdido, y ellas, dentro de la camioneta, sonriéndome. Me pidieron que me acercara. Lo hice sin pensarlo. Mientras caminaba hacia ellas, me dieron un beso. Uno de esos, en los que se besan la mano y luego lo soplan, como aventándolo. El viento frío se lo llevó. No hice nada por recuperarlo. Sabía que después de ese vendrían más, muchos más.
      
       Llegué a la puerta de la camioneta. La niña que iba en el asiento delantero me pidió un cigarro. Mientras me quitaba el guante y sacaba el cigarro, le pregunté hacia dónde se dirigían. “We’re going out to the Spa”, dijo. Intentando hablar con mi mejor acento, le respondí: “Great, I’m going there too!”. “Wanna come with us?”, dijo, mientras yo encendía mi adorado encendedor —aquel que llevara por sobrenombre “el más rápido del Tec”—, y con él su cigarro. La puerta posterior se abrió. Dentro en la parte de atrás, viajaban cuatro niñas, todas bellísimas, maquilladas, perfumadas, listas para la diversión. Subí a la camioneta. La niña que conducía subió el volumen del estéreo, y cuando la luz del semáforo se puso verde, pisó el acelerador a fondo. Las llantas traseras rechinaron. Vi como el Marriott Marquis y todo Times Square desaparecían rápidamente en el espejo retrovisor.

       Diez minutos después estábamos afuera del Spa. Por fuera parece un edificio cualquiera. No tiene gran iluminación o anuncios. Sólo un pequeño símbolo: una gota de agua. Eso es todo. Pero esa gota puede significar tantas cosas...
      
       Éramos siete niñas y yo. Todos enseñamos nuestra “id” en la entrada. Después pasamos con Kenny, el travestí que está en la cadena. Sonrió al verme. Se acercó a mí y me dijo con un inglés un tanto gay: “Gettin’ lucky tonight, huh?”. “Hope so”, contesté. Me dio la mano, nos saludamos y todos entramos al lugar. Pagué 8 entradas. 120 dólares. La música se podía sentir desde las escaleras. Cada escalón, cada paso, era como subirle treinta decibeles a la música. Ya adentro, entregué mi chamarra a Debbie —una de las siete—, y fui a la barra por un martini para mí, y whiskies para ellas. Nos reunimos en el lobby principal diez minutos después. Se veían increíbles: pantalones ajustados más abajo de la cadera, faldas cortas, blusas con cuello halter, bodies, tops... Tenía para escoger. Platicamos de tonterías mientras fumábamos y bebíamos. Pronto, pude distinguir beats conocidos en el aire. Música conocida. Era Billy Jean.
      
       Terminé mi martini de un solo trago. Mis piernas comenzaron a moverse. Christy me tomó la mano y me llevó a la pista. Las seis restantes nos siguieron. Ahí estábamos los ocho, bailando al ritmo de ese exquisito mix de Michael Jackson. Después vinieron más canciones, más martinis, más whiskies. Cambios de pareja de baile, cigarros encendidos, diversión. Mi cuerpo sudaba, mi mente sudaba, mis piernas pedían descanso. En ese momento estaba bailando con Megan. Su cabello chino me impresionó desde que alcancé a verlo en aquella esquina de la 58 y Broadway. Fue lo primero que vi cuando la puerta trasera se abrió. Su largo y espeso cabello negro y chino. La tomé por el cuello y acerqué mi boca a su oído. Lentamente, calladamente, le susurré: “Hey, I need to rest a bit. Come on, let’s go”. “Ok”, contestó. Dejamos a las otras seis bailando entre cientos de personas.
      
       Encontramos un sillón vacío en el lobby. Mi mirada se perdió un momento en la hostess, una mujer altísima, de color, que portaba un diminuto vestido rojo entallado y un gorrito de Santa Claus. Megan notó mi ausencia. “Hey, I’m here...”. “Sorry, let me get some drinks. Same thing?”, pregunté. “Yes, please”. A esas alturas de la noche, ya tenía mi bartender preferida. Se llamaba Jen y tenía rasgos orientales. Después de que me daba las bebidas, le pagaba el total más 2 dólares de propina y algo que le escribía sobre una servilleta mientras ella llenaba los vasos. Al ver que me acercaba a la barra, Jen me gritaba, establecíamos contacto visual, me sonreía y me decía cualquier cosa: “Are you having fun? Is everything ok? I really like the things you’ve written to me, thanks!”. Regresé con Megan. Se veía cansada, así que le pregunté:
      
—“You look tired, hun.”
—“Oh, no, well, a little, yes.”

       Le entregué su whiskey. Brindamos, y ambos bebimos un largo trago. Pusimos las bebidas en una mesita, saqué los cigarros, encendí uno y se lo di. Después encendí uno para mí.

—“I really like your lighter. It’s nice.”, dijo.
—“I carry it everytime. It’s for good luck.”
—“Well, it’s working tonight…”
—“You think so?”
—“Come on, sit here…”

       Se hizo a un lado, me hizo una seña para que me sentara, fumé, me senté y ella se sentó sobre mí.

—“It’s better this way, don’t you think?”
—“Yeah, I guess…”

       Su cabello olía delicioso. Parecía que apenas había salido de bañarse. Su cuello. Su cabello. Su voz. Sus ojos. La música se fue alejando cada vez más. Sólo éramos Megan y yo. Y mi martini y su whiskey. Fue inevitable, volví a acercarme a su oído.

—“Still tired, hun?”
—“Yeah.”
—“Let me try something.”
      
       La empujé un poquito hacia adelante, para tener acceso a su espalda y a su cuello. Mis manos acariciaron su espalda, aún sudorosa. Subí la mano hasta el cuello. La nuca parecía un mar: salada y empapada. Quise hacer olas. Así que comencé a hacerle un masaje lento, no muy fuerte, sólo para acariciarla.

—“That feels great! Where did you learn to do that?”
—“It’s a gift. I just know the right way to do it.”
—“Well, you absolutely know how to do it…”

       Y seguí con el masaje. Sentí como su cuerpo agradecía el contacto. Sentí como casi se derretía con mis caricias. No había música. No había hostess vestida de Santa Claus. No había seis niñas más. No había Spa. Éramos sólo los dos. Los dos solos, el sillón, los tragos, mis manos y su piel. Tardé casi media hora en recorrer lentamente toda su espalda. Mis manos quedaron saladas. Le jalé el cabello para echarla de nuevo hacia atrás. Jalándole aún el cabello, acerqué mi boca a su aún más salado cuello y lo mordí. Después le mordí la oreja.

—“Sorry, I like to bite.”, dije.
—“Is there anything you CAN’T do?”
—“I can’t fly, but I’m trying, trying really hard. Maybe you could help me…”
      
       Megan volteó su cara, me vio a los ojos con una sonrisa coqueta y, entonces, sucedió. Nuestras bocas crearon el beso más sensual que he tenido. Le mordí los labios, me mordió los labios. Le jalé los labios, me jaló los labios. Y, entonces, logré sentir cómo nos empezamos a elevar del suelo. La gente se hacía más pequeña, la hostess ya no se veía alta. Megan y yo éramos los más altos de todo el Spa. Llegamos al techo. Ya no pude alcanzar mi martini. No me importó. La bebida que estaba tomando era más, mucho más relajante que el martini. Cuando bajamos, y tocamos el sillón de nuevo, Megan me susurró al oído.

—“I want to leave this place.”
—“But, your friends?”
—“Wait here, I’ll tell them, and I’ll get our coats.”

       Megan se levantó, se acomodó los pantalones y caminó hacia la pista, buscando a sus amigas. Me quedé con una sonrisa estúpida en la boca. Jugué con mi cigarro, me quemé. Jugué con la gota de martini que quedaba en la copa. La tiré. Mi sonrisa estúpida dibujaba mi cara. La gente me veía sonriendo estúpidamente. Y yo volvía a sonreír. Sonrisa estúpida. Megan llegó al fin. Traía su chamarra puesta, y la mía bajo el brazo. Se acercó a mí, me besó, tomó mi mano y me levantó. “Let’s go. Don’t worry, they already knew”.
      
       Salimos del lugar. Kenny aún seguía ahí. Dejé un instante a Megan sola, mientras me acercaba a Kenny para contarle brevemente, muy brevemente lo mágica que comenzaba a ser esa noche. “Magic happens here”, me dijo. Me despedí de él, prometiéndole que regresaría pronto.
      
       Había varios taxis afuera, esperando. Nos subimos a cualquiera. Hacía frío. Megan tomó mi mano. “55th and Broadway, please”, dije al chofer. Después vinieron siete minutos de besos y caricias. Siete minutos. Y el taxi se detuvo. Pagué con un billete de 10 dólares. Descendimos del inmenso taxi y abrí la puerta de la entrada del hotel. El recepcionista seguía ahí. Lo saludé de reojo. Me contestó con una sonrisa, asintiendo con la cabeza. Él, mejor que yo, sabía lo que me esperaba. Llegamos al elevador. La puerta se abrió inmediatamente. Entramos. Presioné el número cinco. La puerta se cerró y el elevador comenzó su lenta subida. Megan me volvió a besar. “I liked you the moment I saw you standing alone, freezing in the cold”, me dijo. La puerta se abrió en el quinto piso. Caminamos hasta mi habitación: la 504. Saqué la llave de la cartera, abrí la puerta, y me encontré con una habitación de ensueño. La cama blanca, enorme, con cobijas y almohadas de pluma de ganso, unas lamparitas de noche preciosas, y una sillita muy bonita. Megan se quitó la chamarra y la dejó sobre la sillita. Se tumbó en la cama. Nos quedamos viendo por un momento. Ambos teníamos la misma sonrisa estúpida. Estúpidos, eso éramos, un par de estúpidos. Dejé todo lo que traía en los bolsillos junto a una de las lamparitas. La encendí. También encendí un cigarro. Fumo mucho, lo sé. No importa, Megan también. Me pidió el cigarro, fumé de nuevo y se lo entregué. Entré al baño, me quité los zapatos y los calcetines, y toda la ropa que llevaba puesta en la parte superior. Enjuagué mi boca con un poco de Listerine, y salí del baño. Megan ya se había metido a la cama. Su ropa estaba allá aventada, en el suelo, cerca de la sillita. Apagué la luz principal del cuarto, dejando solamente la lucecita callada del buró. Me quité los pantalones y los acomodé en la sillita. Me metí a la cama junto con ella. Se acercó a mí, con la sonrisa estúpida, y dijo: “I want you”.
      
       Hicimos el amor toda la noche. La lucecita callada se quedó encendida todo el tiempo. Desperté a las 8. Megan seguía dormida. Fui al baño, me lavé la cara. Megan se despertó, seguía adormilada. “Where are you going Chiq?”. “I thought you might want a coffee”, le contesté. “That’ll be great”. Me vestí con la misma ropa de la noche anterior. Dejé la chamarra, tomé el gorro, besé a Megan y salí de la habitación. El recepcionista seguía ahí. Nos saludamos con una sonrisa, cómplices de lo que había sucedido. Salí del hotel. Caminé rumbo a Starbucks, para comprar los cafés. Di la media vuelta. Observé los andamios. Seguían arreglando la fachada de los edificios contiguos al hotel. Caminé, caminé y caminé, sonriendo estúpidamente en el frío. Era mi segundo día en Nueva York.
      
       Casi veinte minutos después encontré el Starbucks. Estaba lleno. Tuve que esperar otros tantos minutos a que me atendieran. Pedí dos mochaccinos grandes y un espresso sencillo. El exprés me lo tomé ahí. Cogí algunas bolsitas de azúcar, un par de tapas para los vasos, popotes y salí fumando de aquel café. El regreso no pudo ser tan apresurado como la ida. En esta ocasión tenía que cuidar que no se derramara ni una gota de los vasos. Cada gota implicaba una pérdida de cincuenta centavos de dólar, al menos. Ya no podía seguir gastando tanto. Así que me lo tomé con calma, evadiendo esta vez todos los charcos, las líneas sobre las banquetas y a las personas que me encontraba mendigando en el camino.
      
       Eran las nueve y media de la mañana cuando alcancé a ver de nuevo los andamios. El hotel estaba cerca. Megan me esperaba. Ansioso por llegar, apresuré mi paso. Tiré dos dólares en café. Desistí. Faltaban sólo unos metros para llegar. Cuando por fin me encontraba en la puerta del hotel, me di la media vuelta para abrirla con la espalda. Me costó trabajo hacerlo. No había nadie en la recepción, así que entré sin saludar. Me quité el guante con los dientes y presioné el botón del elevador para llamarlo. Tardó mucho en descender. El letrero marcaba el quinto piso. Después el cuarto. Después el tercero. Finalmente marcó una “L”, y la puerta se abrió. Salieron dos hombres, cargando una maleta enorme y muy pesada, pues cada uno la cargaba de un lado. Dejé que salieran y me metí. Presioné el número cinco. Megan me esperaba. Su cuello. Su cabello. Su voz. Sus ojos. La noche había sido magnífica. El lento ascensor abrió la puerta en el quinto piso. Caminé hacia mi habitación, silbando alegre, con el fin de avisarle a Megan que ya había llegado. Inserté la tarjeta para abrir la puerta. “I made it, at last!”, dije. Nadie me respondió. La cama estaba vacía. Dejé los vasos sobre el buró, y corrí al baño. “Megan? Are you there, hun?”. Megan no estaba. La habitación estaba vacía. La cama destendida, sus cabellos chinos en la almohada, la tina vacía, la sillita sin ropa... Era un hecho: Megan había desaparecido. Me entristecí mucho. Me preocupé. Regresé por mi café al buró. Tomé el vaso, abrí dos bolsitas de azúcar y se las eché al café. Fue entonces cuando vi una nota debajo de mi almohada:
      
“Chiq, sorry to leave you like this. Something serious happened. My friends called me. Christy is dead. Call you later, Megan.”
Nunca me llamó.

 

Quién nos lee ::::::::::::: participa

Quién nos lee ::::::::::::: participa

Haciendo un ejercicio tan viejo como la misma creacion del blog, les convoco a publicar un comentario con el nombre, país de procedencia y ocupación además de sus comentarios del blog.

  Saludos

Triworks :::::::

Triworks :::::::

Alguna vez me he preguntado si mi mama pudiera dictarme mi forma de diseñar, je. creo que sería así, limpio y ordenado, recuerdalo hijo.

Limpio y Ordenado ....

http://www.triworks.net

The Gate ::::::::::::::::::::::::

The Gate ::::::::::::::::::::::::

http://www.mrmass.com/thegate.htm

Interesante link.

No llores por mí Argentina

No llores por mí Argentina

Texto: Chiq


Era lunes. Mi reloj marcaba pasadas las 12. Yo estaba en la universidad. A pesar de que no tengo clases los lunes, había ido para ayudarle a una amigo a hacer un proyecto de multimedios: una animación. Llevaba poco más de una hora frente a la computadora editando las imágenes y acomodándolas de tal manera que se vieran bien en la animación. Cansado, salí de aquel salón para fumarme un cigarro, mientras mi amigo hacía la selección de música que acompañaría a la mentada animación. Afuera, en el frío, con el cigarro ya encendido, una llamada entró a mi celular. Era ella. Lo supe por su acento distintivo. Sabía que era ella.


—“¡Flaca! ¿Cómo estás?”

—“Bien gracias, ¿y vos?, ¿querés verme?”


Desde el sábado anterior habíamos quedado en salir a comer, en vernos por última ocasión antes de que ella regresara a Argentina. Eran las 12:30.

—“Claro que quiero verte. ¿Y tú?”

—“Mira, tené que ser ahora. Pasás por mí?”

—“¿Ahorita?”

—“Sí”

—“Llego en media hora, ¿está bien?”

—“OK, espero”

—“Bye”

—“Chau”

Mi pulso se aceleró. Tiré el cigarro —que ni siquiera había llegado a la mitad— y volví al salón. Apresuré a mi amigo y le di unas últimas instrucciones para que él terminara solo su proyecto. Me despedí y me fui.

Aquella llamada fue un catalizador. Tenía que apresurarme. Ya no podía ir a mi casa a cambiarme y a recoger la cámara fotográfica. Ya no había tiempo. Tenía que pasar por ella...

Toqué el timbre media hora después de aquella llamada telefónica. Ella salió tras unos minutos de espera. Me saludó con un beso chiquito y corto, como los que se dan las parejas cuando su relación lleva ya mucho tiempo. Quedé sorprendido.

—“Tenés que volverme a las 8. Debo terminar mi valija. ¿Está bien?

—“OK”, contesté, mientras pensaba: “¡pero si sólo vamos a comer!…”

Caminamos hacia la puerta del automóvil, siempre con mi mano en su cintura, en su diminuta cintura. En el camino hacia el restaurante hablé para hacer una reservación. Después charlamos sobre las estupideces que habíamos hecho el fin de semana. Ella había ido al Museo de Antropología —a aquel que no pude acompañarla el sábado—. Me dijo que le había gustado mucho. ¿Yo? Yo había salido con mis amigos después de verla el sábado. Estuvimos bebiendo y bailando hasta que el sol anunció el amanecer del domingo. Ese mismo día, me desperté muy tarde.

Todas esas tonterías nos decíamos mientras yo le tomaba la mano o la ponía debajo de su pierna, y admiraba de reojo sus jeans a la cadera, su playerita —remerita, como ella le llamaba— negra y cortita, y sus enormes ojos negros.

Llegamos al Aquavit. No había mucha gente. De hecho, sólo había un par de mesas ocupadas por hambrientos comensales. Una elegante mujer nos condujo hasta nuestra mesa. Pronto, llegó un mesero:

—“¿Algo de tomar?”, preguntó el mesero.

—“Quiero una whiscola. ¿Sabés qué es una whiscola?”

—“¿Whiskey con coca?”, respondí.

Ella sonrió cerrando los ojos.

—“Un whiskey con coca para ella y un Gibson para mí con ginebra Bombay, por favor”

—“¿El whiskey etiqueta negra?”

—“Sí, por favor”

Saqué los cigarros, le di uno a ella, tomé otro para mí, y los encendí. Mi mirada estúpida se perdió en sus ojos...

—“¿Qué?”, me preguntó.

—“Nada”, contesté. “No lo puedo creer”

—“¿Qué es lo que no podés creer?”

—“Que estés otra vez aquí, conmigo”

—“Bueno, pues creételo, que aquí estoy”

Me tenía atrapado. Me tenía atrapado desde que la vi bailando sola un viernes en Mama Rumba. Desde ese momento me conquistó. Se metió por mis ojos y se quedó en mi sangre y mi piel. Se lo dije. Se lo dije y ella solamente sonrió. Me dijo que le encantaba lo que escribía y que le encantaría que hiciera eso con ella. Eso, lo que le había escrito: que me encantaría escribir sobre su piel, inventar palabras y dejárselas grabadas en la espalda y el resto del cuerpo. Hacer de ella mi propio “Pillow Book”. Me dijo que no habría nada que le gustaría más que grabar ese recuerdo en su memoria. Se acercó y me besó. Esta vez fue un beso más largo. Le mordí los labios. Me mordió los labios. Me encanta morder los labios. Me gusta más que me muerdan los labios cuando me besan…

El mesero trajo las bebidas. Tomé la copa y brindé con ella.

—“¡Salud!”

Platicamos un rato más, en lo que terminábamos las bebidas y fumábamos un par de cigarros. Cuando terminamos las bebidas, el mesero nos dejó el menú. Ella pidió una ensalada de corazones de palmito y magret de pato. Yo ordené la misma ensalada, un filete de salmón y una botella de vino blanco francés.

La comida estuvo deliciosa. La conversación —y ella— lo estuvieron más. Pedimos postre, café y digestivos. Platicamos de todo en la larga sobremesa: de mis amigos, de su amiga, de su ex novio, de mi ex novia, de los mapas antiguos que le había comprado a su padre de regalo, del Museo de Antropología, de mis abuelos, del cortometraje que estoy por realizar, de que pronto dejaré México para irme a vivir a Amsterdam... Ambos estábamos ansiosos por irnos, así que pedí la cuenta y desaparecimos.

Los dos sabíamos lo que iba a suceder. Pero ninguno dijo nada. En el camino al hotel me maldije mentalmente por haber olvidado la cámara, el aceite para masajes, las burbujas para el jacuzzi... El tiempo no me lo había permitido. Pero si hubiera sido un poco más inteligente, tantito nomás, aquella experiencia habría sido exponencialmente intensa.

Llegamos al hotel. Pagué una villa con jacuzzi. Entró tímida a la habitación. La recorrió completa, tomada de mi mano, asombrándose por la amplitud y la decoración. Me dejó en la cama y entró al baño. Me acosté y me estiré para alcanzar el control remoto que estaba clavado en la pared. Encendí el televisor. Me quedé acostado, viendo mi reflejo en el espejo del techo. Sonreí estúpidamente. Sí, debo aceptar que hice un par de movimientos para imaginarme cómo se vería nuestro reflejo cuando ella estuviera encima de mí. Volví a sonreír...

Salió del baño y entré yo. Antes, nos dimos un beso. Yo había dejado corriendo el agua en el jacuzzi. Era sólo cuestión de minutos para que estuviera listo. Cuando salí del baño, la encontré acostada en la cama, cambiando con el control remoto los canales en el televisor. Me senté junto a ella. Apagó el televisor. Nos recostamos y nos abrazamos, y nos besamos como si nunca más nos volviéramos a ver. Ni ella ni yo lo sabemos, ni lo sabíamos. Tal vez por eso fue que nos besamos con tanta pasión. La ropa fue desapareciendo lentamente de nuestros cuerpos y fue apareciendo allá, aventada en el piso. Debo ser muy sincero en esto, también: era el cuerpo desnudo más hermoso y perfecto que había visto jamás. Delgada, firme —era la mente de una mujer dentro del cuerpo de una niña de 18 años—, alta, con la piel bronceada y suave, y con esas líneas blancas que indicaban lo diminuto que habría sido su bikini. Perfecta. Deliciosa.

Me perdí en su cuello. Descendí luego a su pecho. Hice círculos y letras con mi lengua. Mi nombre. Su nombre. Lunes. Mordí. Jugué con su ombligo y luego fui más abajo. Me perdí ahí. Me encanta estar ahí. La experiencia de tener sus muslos a ambos lados de mi cara y el delicioso paisaje que mis ojos veían no se puede comparar con nada. Estuve en ese rincón por más de quince minutos. Sentí cómo se retorcía, como respiraba, como disfrutaba tanto placer. El maldito jacuzzi fue el culpable de que no estuviera más tiempo ahí. Escuché que ya casi se llenaba, así que corrí a cerrar la llave y a echarle la botellita de baño de burbujas que regalan en la habitación. Encendí el motor de las burbujas y me metí. Ella se levantó de la cama, le pedí que tomara los cigarros y el encendedor, y entró lentamente —ayudada por mí— a aquel mar de burbujas.

—“Me encanta la espuma”, me dijo.

Así que se puso espuma sobre el cuerpo, escondiéndolo todo. Luego, me puso espuma a mí. Y ahí estaba yo, sonriendo estúpidamente, con un sombrero y barba de espuma, desnudo frente a ella, desnuda también. La acaricié y la besé. Nos quedamos abrazados un buen rato, mientras los dos asesinábamos cigarros...

Tiempo después, se volteó y me comenzó a besar. Sentí que me quería comer. Mordía. Mordía mucho. Y a mí me encantaba. Me mordió el cuello y los hombros, mordió mi pecho y mi abdomen. Después hundió su cara en el agua. Mis ojos se cerraron. No lo podía creer. Era su boca. SU BOCA. “¿Podrá alguien creerme esto?”, pensé. Me vale madres.

Sacó su cabeza del agua, riéndose y diciendo que sabía a “champú”. Yo también me reí. Nos abrazamos. Nos reímos. Nos besamos... Los dos estábamos ansiosos. Salí del jacuzzi, tomé una toalla y se la entregué. Después me sequé yo. Se veía más hermosa con el cabello mojado y con esas gotitas traviesas que recorrían su piel, bajando desde el cuello, pasando entre sus senos y perdiéndose en su adorable rosa negra. Fuimos a la cama...

Se acostó y yo me puse a su lado. Nos miramos. Nos acariciamos. Nos besamos. Después, me puse sobre ella. Y el viaje comenzó. Fue delicioso. Tenía sólo 18 años. Traté de ser cuidadoso, tierno, tal vez. La veía a los ojos, le besaba el cuello y le decía miles de cosas al oído, al tiempo que se lo mordía. Ella se reía o cerraba los ojos o simplemente respiraba. La volteé para que estuviera encima de mí. Volví a verme en el espejo del techo. Esta vez con ella encima. Volví a sonreír. “Pinche Chiq, cabrón, pinche Chiq”, pensé. No sé cómo, pero esperé a que ella explotara, a que terminara...

¡Ah!, qué diferente es estar con una niña que puede tener un orgasmo o que puede tenerlo sin hacer nada fuera de lo convencional para lograrlo. Después, terminé yo. Y mientras lo hacía, ella se acercó a mí y me abrazó fuerte, muy fuerte. Así nos quedamos un ratito. La besé y fui al baño. Revisé que todo estuviera bien y regresé a la cama. Ella la había destendido y se había metido dentro.


—“Tengo frío”, dijo.

Tomé mi pluma del buró y me metí a la cama con ella. Comencé a escribir en su piel. Su cuerpo se transformó en un cuaderno, en mi lienzo. Yo simplemente escribí. Empecé por aquellas delicadas partes de su piel que el sol de Acapulco no había bronceado. Después seguí en su estómago y terminé en su espalda. Firmé en su pie derecho y le obsequié la pluma. Me besó, dejó la pluma sobre el buró y me volvió a besar. Nos quedamos dormidos...

Una llamada a mi celular me despertó a las 9 de la noche. Ella y yo parecíamos dos cucharas, elle frente a mí y yo abrazándola. El teléfono sonaba. Recorrí la inmensa cama y contesté. Era Iván. Supongo que los mejores amigos siempre están pensando en sus mejores amigos. Al menos él lo estaba haciendo. Gracias a él desperté, porque de otra manera ambos nos habríamos quedado como cucharas hasta muy tarde. Colgué y me acerqué a ella.

—“Bonita, tenemos que irnos, ya es tarde”

—“No, esperá un momentito más”

—“Flaca, me quedaría toda la vida aquí contigo, pero debes regresar”

—“¿Qué hora tenés?”

—“Son las nueve”

—“No”

—“Sí flaca, anda, ven”


Mientras le decía eso, besaba su cuello y acariciaba su cabello y sus senos. Ella no quería despertar. No quería vestirse. No quería que nos fuéramos. Yo tampoco. Pero debía partir al día siguiente, y tenía que arreglar sus cosas. No había nada que pudiéramos hacer.

Nos vestimos rápidamente. Recorrí la habitación para asegurarme que no olvidábamos nada. Nada encontré. Salimos de la habitación y le abrí la puerta del coche. Encendí el auto, abrí la puerta del garage, me subí al coche y salimos. Afuera estaba oscuro. Eran las 9:15. Ella debía estar a las 8. Ese mismo día el dólar había sido liberado en Argentina. No importaba. Estábamos juntos. Se veía feliz. Yo lo estaba aún más.

Fue increíble. El silencio dejó de ser incómodo. Mi mano encontró refugio perfecto debajo de su pierna. Se recargó sobre mí y así conduje hasta casa de su amiga. Estacioné el auto. Apagué el motor.

—“Chiquita, no quiero que te vayas”

—“Lo sé, yo tampoco quiero irme. ¿Por qué no me encontraste antes?”

—“No lo sé, por idiota, supongo”

—“No sos ningún idiota. Sos un amor”

—“Te voy a extrañar mucho, ¿sabes?”

—“Lo sé, lo sé. Yo también”

Nos besamos, nos tomamos de la mano y nos quedamos perdidos en una mirada. En esa mirada nos dijimos todo. Todo. Nos volvimos a besar y ella bajó del auto. Yo bajé también. Tocó el timbre de la casa. Esperó a que abrieran. Yo me subí al escalón de la entrada para estar a su altura. La abracé. La besé.

—“Te quiero mucho, chiquita. Me vas a volver loco”

—“Loco ya sos. Yo también te quiero y te voy a extrañar. Pensaré mucho en vos. ¡Me tenés que ir a visitar a Argentina!”

—“Sí, ya sé. Voy a tratar. Voy a hacer todo lo posible. Te voy a escribir.”

Bárbara, su amiga, abrió la puerta. Teníamos que despedirnos. Sus ojos brillaban: comenzó a llorar.

—“Te quiero, te quiero mucho.”

—“Yo también flaca. Ven.”

La abracé muy fuerte. Le dije cosas lindas al oído. Le sequé las lágrimas con mi mano.

—“No llores flaca. La vida da muchas vueltas. Piensa en lo lindo que fue.”

—“Por eso lloro, porque fue muy lindo y no me quiero ir.”

La volví a abrazar. Esta vez lo hice agarrándole el cabello y jalándoselo. La besé muchas veces. Le decía un “te quiero” entre cada beso. La tomé por la cintura y la acerqué a mí:

—“Volveré a buscarte. Aún tengo muchas palabras qué inventar y escribir sobre tu piel. No hemos terminado. Lo nuestro acaba de empezar...”

| K i o s k :::::

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Diseño desde Croacia. Navegable sencillo y práctico.

http://www.kioskstudio.net/

Electric Heat :::::: Ilustración de primel nivel

Electric Heat :::::: Ilustración de primel nivel

Electric Heat  portafolio personal de Nigel Evan Dennis.

Date una vuelta por aquí y descubre algunos de sus trabajos.

http://www.electricheat.org/

H creativos ::::::::

H creativos   ::::::::

H creativos es muestra de un sitio navegable, gráfico y sobrio, además de todo sus animaciones son puntuales.

 http://www.hcreativos.com/

Desde Mérida Yucatán México.

Website Design Awards >>>>>>>

Website Design Awards >>>>>>>

Utilizando el Pageflip, Website Design Awards logra demostrarnos que hay sitios buenos cada mes, la distribución y el metodo de navegación son sencillos y muy navegables, visitalo cada que puedas (cada mes) y tendras referencias visuales y tendencias nuevas, http://www.websitedesignawards.com/

 Sobre el PageFlip , de mi parte se los recomiendo es un actionscript fácilmente customizable y de hecho hasta sencillo de adaptar, espero que todos los usuarios donemos, a estos chicos que respetan el principio del open source.

http://www.iparigrafika.hu/pageflip/

Avatar ::::: ezine

Avatar ::::: ezine

Tutoriales, brushes, inspiración y mucho Photoshop.

Avatar una de los pocos oasis en cuanto a photoshop se refiere, además en su blog comenta temas interesantes, sobre imagen digital y algunas recomendaciones en diseño.

Recomendable 100 %

http://www.avatar-ezine.org/adobe/
http://www.avatar-ezine.org/

 

Peper :::::::: o la auténtica revista multimedia

Peper :::::::: o la auténtica revista multimedia

De alguna manera hemos visto esto ya antes y creo que hay sitios bastante similares, pero sorprende la limpieza en el diseño que tiene esta publicación en línea, la sensación de navegar por una interface intuitiva y sencilla es inminente.

Peper cumple con las expectativas del navegante, pero ojo... también con las del patrocinador

(vean los anuncios dentro de la publicación) 

http://peper.cover05.nl/

World Press Photo :::::::::::::::::::::

World Press Photo :::::::::::::::::::::

sin palabras

http://www.worldpressphoto.nl

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

Coke m5 - The Designers' Republic / Citizen Bird

Samsung ::::: web muy original

Samsung ::::: web muy original

 

Podríamos debatir acerca de los recursos técnicos en internet, sobre el uso del diseño y los colores en web, ahondar sobre los códigos utilizados, pero...

 a final de cuentas este sitio cumple con su objetivo: impactar y publicitar.

lo que simplemente se reduce a :

La calidad en cualquier país vende.

http://www.dstrict.com/z107/index.html

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