
Texto: Chiq
Regresé al lugar mágico. Un año después me volví a encontrar ahí, narcotizado y solo. Me recibió triste, nublado y lluvioso. Él también sabía que la bella no estaba con nosotros. Volví para cumplir nuestra promesa y para llenarme de su aire callejero y puro.
Ahí estaba yo, ahora un año más viejo, observando a los artistas y sus obras, sus cuadros, sus actuaciones, sus esculturas, sus espectáculos, su alegría. Durante el viaje, mantuve la esperanza de encontrar su cabello entre la gente, entre los cientos de personas que visitamos los jardines y las calles, entre sus sonrisas y aplausos, entre la melancolía de la música.
Visiblemente cansado, recorrí el camino que va desde el mercado hasta el teatro, deteniéndome a veces en la fuente o recorriendo el jardín. Lo habré hecho cincuenta y cuatro veces la tarde del viernes y otras tantas el sábado, siempre con ilusión y sabiendo que una de las cualidades que admiro de la bella es su don para aparecerse cuando uno menos lo espera, así que continué buscándola. Encontré rizos parecidos a los suyos, pero nunca unos con la espiral perfecta que los de ella formaban alrededor de mis dedos.
La primera noche fue la más difícil, tal vez. Dolido por no haberla visto durante las catorce horas que duró mi recorrido por las calles, deposité mi cuerpo en la silla de un bar, tomé varias cervezas y comencé a fantasear. Fumé unos cigarrillos y al terminar la penúltima cerveza, encendí el puro. Contrariado por aquella promesa rota, el lugar mágico me cobijó con la noche más hermosa que pudo haberme entregado: fría, estrellada e inmensa. Así decidí terminar el día. Fatigado y triste, me tumbé en la cama para soñar con ella.
Desperté con el ladrido de los
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